Joel
“¿Dónde estás Joel?” ¡Demonios de niño! “O sales ahora mismo o te quedarás sin natillas” ¡Qué hartita estoy ya! Sólo quiero tumbarme en el sofá y no hacer nada. No me apetece ni hacer zapping. Y el niño con sus jueguecitos. “Joel, ¿tendré que llamar a la policía para que te busquen? ¡Pues mira qué bien! Más tranquila que estaré.” Coño, mierda, ostia puta, joder. ¡En que puto momento se me ocurrió tener hijos! “Joel, es el último aviso. Me voy a tumbar en el sofá, me encenderé un cigarrillo y si no has aparecido te quedas sin cenar y paso de buscarte. Lo sigo en serio.” ¿Dónde narices habré puesto el mechero? Juraría que estaba aquí, en la mesita, frente al sofá… ¡Aaaaaaaaaaaaaaaah! Que calentito está el sofá… Calentito no, está que arde, ¿Qué cojones pasa ahora? ¡Mierda! “¡Fuego, fuego! ¡¡¡Joel!!!! Sal, por favor. ¡¡¡Joel!!!”
Se escucha una tos que parece venir de detrás del sofá. Pero no hay nadie. Delante, a un lado, entre las cortinas. Nadie. “¡Mamá! ¡Mamá!” Y mamá levanta los cojines del sofá y encuentra a Joel escondido entre la estructura con el mechero en la mano y un papel quemado. Le mira y muy seria le dice: “Hijo, así no es como se juega al escondite” “Lo sé mamá, pero ¿a qué me has encontrado?